Nuestro segundo Cape Epic :: Paci Lizama y Eugenio Parra

Eugenio Parra y Paci Lizama, dos ciclistas amateurs pero muy motivados, el 2015 se transformaron en la primera dupla de chilenos en terminar el Cape Epic, la carrera de MTB por etapas más dura del mundo, y el año 2016 repitieron la hazaña.

Por     el 14/04/16 a las 2:59 pm.

Nuestros amig@s Paci y Parrita, se han transformados en verdaderos héroes terminando por segunda vez el Cape Epic. Este año no estuvieron exentos de dificultades pero así todo llegarona  la meta.

El año pasado nos emocionaron con un increible relato de lo que fueron esos 8 días de competencia. Este año Paci se dio el gusto de escribir un lindo relato de lo que fue el Cape Epic 2016.

Los invitamos a leer esta tremenda historia de una pareja Chilena en el Cape Epic por segunda vez.

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“Quiero terminar esta carrera para no tener que volver nunca más”, esa fue una de las frases que Eugenio transmitió mientras corríamos la Cape Epic el año 2015.  Las 8 etapas de esta carrera con sus 700 kilómetros y 16 mil metros de desnivel acumulados, sin duda habían sido la prueba física y mental más importante de nuestras vidas, y nos había marcado: nos había dolido, habíamos llorado…pero nos había quedado gustando.

Inmediatamente luego de cruzar la meta y transformarnos en los primeros chilenos en correr y en terminar la Cape Epic, la carrera por etapas de MTB más dura e importante del mundo, decidimos volver algún día, pero no quisimos postular consecutivamente para participar el año 2016. Pensábamos que era importante descansar y reflexionar sobre lo vivido antes de volver a embarcarnos en un proyecto que toma meses de esfuerzo y muchas horas de entrenamiento.

Sin embargo, un amigo italiano que habíamos conocido en Transandes 2015 y con el que compartimos mucho en el Cape Epic 2015 nos escribe y nos dice que tiene un cupo disponible y que quiere regalarnos la opción de ir nuevamente. No supimos decirle que no, y sin pensarlo pagamos la inscripción y en junio de 2015, nuevamente estábamos planificando cómo lo haríamos para trabajar y entrenar al mismo tiempo los próximos 8 meses de nuestras vidas.

Ya teníamos la experiencia del año anterior. Esta vez habían muchas certezas: Sabíamos que nos iba a doler mucho, sabíamos que el Cape Epic no perdona y sabíamos que todas las etapas son difíciles y sorprenden, pero también teníamos claro que nuevamente íbamos a poder correr con los mejores del mundo, andaríamos por senderos increíbles y participaríamos en la carrera de mountain bike por etapas más alucinante, increíble y loca del mundo.

Porque el Cape Epic es una locura. Es una carrera diseñada para sacarte de tu equilibrio y llevarte más allá de tus límites. Si no es la distancia, es la altimetría, o el terreno, o el arenal, o la bajada técnica o los 42 grados de calor…o todo eso junto…y por 8 días.

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La preparación

Este año tuvimos que ajustar mucho los horarios de entrenamiento con nuestros trabajos, y en eso nos ayudó mucho nuestro entrenador José Pablo Ramírez. Yo soy periodista y trabajo en una consultora de comunicaciones y tengo una pequeña tienda y Eugenio es piloto comercial y realiza vuelos internacionales, por lo que la primera decisión que tomamos, fue comprar un rodillo con watts, el cual pudiéramos usar los dos y nos permitiera hacer más eficientes los entrenamientos que tuviéramos que hacer en la casa, los que combinábamos con salidas al cerro que cada vez eran más largas, las que tuvimos la suerte de compartir con amigos los fines de semana. Los últimos meses terminamos entrenando cerca de 15 – 16 horas semanales distribuidas en 5 o 6 días.

Este entrenamiento lo fuimos combinando con un calendario de carreras por etapas, con el fin de ir probándonos y ajustando lo que fuera necesario. En octubre fuimos al DUE en Puerto Natales, en diciembre a la Hitec Outdoorsweek en Cerro Castillo y en enero corrimos el Transandes Challenge, carrera en la que además probamos las bicicletas que nos acompañarían al Cape Epic, dos PIVOT Mach 429 SL. Además de ir sumando horas sobre la bicicleta, pudimos recorrer lugares increíbles del sur de Chile. Recomendamos estas tres carreras.

 

“¿Por qué volvimos?”

Llegamos un par de días antes a Cape Town, región en donde se desarrolla la carrera. Queríamos acostumbrarnos al horario, y relajarnos un poco antes de meternos de lleno a la carrera. Nuevamente nos llamó la atención lo importante que es el Cape Epic y la relevancia que le dan. Nos encontrábamos con carteles, gigantografías, videos y corredores por todas partes.

El relajo duró poco y rápidamente llegó el día del Prólogo, etapa de 26 kilómetros y 900 metros de desnivel, el cual se corre como una contrareloj, y las duplas van saliendo una por una cada 20 segundos. La idea de esta etapa corta es ordenar a los corredores según su nivel para la largada de los días siguientes. De este modo cada uno queda en un grupo con corredores del mismo nivel, los grupos van desde el A hasta la L.

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Es muy especial el momento de la largada, ya que te llaman por altoparlante, te subes a una tarima y desde ahí partes. Hay mucha prensa, helicópteros y miles de espectadores…obviamente esperando la partida de los pro, pero uno igual siente el nervio de empezar esta gran carrera en medio de tanta parafernalia y con las ganas de ir pillando a los que salieron antes que tu.

En general es una etapa rápida en la que vas lo más rápido que puedes. Nosotros nos demoramos 1.42 minutos. Quedamos con sensaciones muy buenas, pero sabíamos que esa alegría y ganas de más, eran una simple ilusión, y que durante el segundo día de carrera la verdadera Cape se iba a hacer presente. ¡Y así fue!

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Al día siguiente, lunes 14 de marzo, a las 5.15 de la mañana ya estábamos despiertos. Nos tocaba largar en el grupo F, a las 7.25 de la mañana. Amanecimos súper bien y con muchas ganas de enfrentar la etapa del día, de 108 kilómetros y 2300 metros de desnivel. El horario de corte era de 10 horas y calculamos que si todo resultaba bien, nos demoraríamos entre 7 y 8 horas. Los primeros kilómetros fueron muy rápidos, aguantamos bien las primeras subidas y senderos más técnicos. Habíamos decidido hacer esta carrera a un ritmo cómodo para nosotros, siempre a pulsos controlados y sin llegar a los máximos, de manera de ir dosificando cada día, con el fin de llegar bien a la meta y no reventarse en el camino.

Pero en el kilómetro 50 empecé con calambres en las dos piernas. Nos pareció raro porque íbamos cuidando el cuerpo, nos íbamos alimentando bien (cada 20 minutos), tomando pastillas de sal cada una hora y media, y agua cada 10 minutos. Aún quedaba más de la mitad de la etapa, y decidimos seguir a ritmo. El calor empezó a aumentar y bordeaba los 40 grados. En las pocas sombras empezamos a encontrarnos con corredores parados, descansando, recuperándose, aguantando. Nosotros decidimos continuar y parar sólo en los abastecimientos.

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Cuando quedaban 20 kilómetros para la meta, y ya no podía más y sólo pensaba “por qué volvimos”. Los calambres eran un problema, el otro era el pulso. Haciendo un esfuerzo mínimo en bajadas y planos, el pulso no bajaba de 190. Pero no quisimos parar. Ya habíamos hecho todo el desnivel, había que resistir. Fueron kilómetros muy difíciles, en donde Eugenio me tuvo que empujar y muchas duplas nos pasaban como si fuéramos estacas. Simplemente no podía pedalear más. Jamás lo había pasado tan mal sobre la bicicleta…y lo más triste era que recién estaba empezando la Cape Epic, carrera para la que nos habíamos preparado 8 meses, y yo no sabía qué me estaba pasando. Nunca había sentido algo así.  Llegamos a la meta con 7.25 horas, y en la misma línea de meta colapsé por múltiples calambres en el cuerpo.

Cuando estaba a punto de caerme Claus Plaut, que viajó a Sudáfrica a apoyar al Team formado por Chichi García y Florencia Marinovic, me alcanzó a agarrar y luego entre tres personas me dejaron tendida en el suelo, esperando a que llegara la moto-ambulancia que me trasladó a la clínica de la carrera. Era de las primeras corredoras que llegaban absolutamente deshidratadas. Me hicieron un examen de sangre, me pusieron suero y quede condicionada para correr al día siguiente, a la espera de pruebas de sangre en la mañana. Eugenio estaba muy preocupado, nunca me había visto sentirme tan mal. Con el paso de las horas nos fuimos enterando que yo fui una de los 100 corredores deshidratados que requirieron asistencia médica.

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De mal en peor

Había que recuperarse, la dosis fue masajes, comida, mucha agua y a dormir. A la mañana siguiente amanecí bien, pero sin apetito. Partimos a la clínica, me hicieron la prueba de sangre y, afortunadamente, me dieron el pase médico.

Nos encajonamos en nuestro grupo, el F, y decidimos ir con calma, de abastecimiento en abastecimiento, sin presionarnos y con el objetivo de cuidarnos. La etapa nuevamente era larga y muy exigente. Debíamos recorrer 93 kilómetros y subir 2200 metros. Comenzaba con una subida de casi mil metros, la cual era muy técnica y con mucha piedra suelta. Si uno miraba hacia arriba, los corredores se veían como una fila de hormiguitas. Una vez arriba, la ruta se transformaba en una especie de valle de la muerte, con muchas rocas, sin árboles, técnico y de avance muy lento. Íbamos bien y tranquilos, la deshidratación del día anterior aún se sentía, pero era llevadero. Sin embargo la ruta era lenta y eso empezaba a afectar la mente. Llevábamos 40 kilómetros y casi 5 horas de carrera. Nuevamente nos empezamos a encontrar con corredores varados, recuperando el aire para poder seguir. El calor era insoportable.

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Ya en el último abastecimiento, a 30 kilómetros de la meta me empecé a sentir mal. No podía comer y necesitaba acostarme. Sabíamos que quedaban las últimas escaladas y luego una bajada de más de 20 kilómetros hasta la meta. Logramos alcanzar el punto más alto y nos encontramos con una bajada técnica eterna. Mucha piedra suelta y más de mil metros de bajada. Nos tiramos muy rápido, íbamos pensando poco, lo que sin duda, fue un error. Luego de seis horas de carrera, para nosotros, lo más cuerdo es bajar tranquilos y llegar sanos a la meta. Tuvimos suerte esta vez y no sufrimos caídas, pero ese día en esa bajada hubo decenas de corredores fracturados, entre ellos la chilena Florencia Marinovic, que a pesar de quebrarse el radio, pedaleó hasta la meta y abandonó la carrera luego del diagnóstico clínico.

Tras 7:30 horas de pedaleo finalizamos esta segunda etapa, llegamos bastante bien, pero yo me sentía muy rara. No podía comer nada, lo que nos preocupaba mucho, ya que es clave para la recuperación, y al poco rato, me empezó a subir la fiebre.

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Durante la tarde el malestar iba en aumento y decidimos no seguir corriendo. Sabíamos que la etapa siguiente iba a ser muy larga y no me creía capaz de hacerla con fiebre. Nos quedamos dormidos pensando que no largaríamos, pero a las tres de la mañana me desperté y me sentía mucho mejor. Acto seguido le comenté a Eugenio que íbamos a largar.

No sabemos si esa recuperación fue algo divino o las buenas vibras que nuestros amigos y familia nos tiraban desde Chile, pero sin duda, fue algo sorprendente para nosotros, en momentos que ya teníamos tomada la difícil decisión de no seguir.

En la mañana tomamos desayuno, yo no podía comer mucho, pero me obligué a comer un pan de molde tostado sin nada. Eugenio estaba bien, se sentía fuerte, tranquilo, sin ninguna molestia y muy focalizado. Eso me daba tranquilidad y confianza, sabía que me podría ayudar si yo tenía problemas.

Partimos. 104 kilómetros y 2150 metros era la misión del día. Los primeros kilómetros íbamos súper bien, avanzando harto. Luego comenzamos a escalar hasta que llegamos a un arenal eterno. Eterno, eterno. Muchos kilómetros pedaleando mal, lento, trabado y con bastante viento. El calor empezó a sentirse rápidamente y las horas comenzaron a pasar.

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Llevábamos 5 horas y aún nos quedaban mil metros por escalar. Yo no había podido comer nada en todo el trayecto y empecé a tiritar. El calor alcanzaba los 42 grados. Eugenio sabía perfectamente lo que me estaba pasando e intentaba ayudarme lo más posible. Me dijo que me colgara a su tricota, y así lo hice durante varios kilómetros de subida. No entendía cómo él podía tener tanta energía, si al igual que yo, muchos otros corredores iban subiendo a duras penas.

En un punto iba tan mal, que le pedía a Eugenio parar un rato, pero él me decía que no, que lo mejor era seguir, que si parábamos nos íbamos a calcinar con esos 42 grados… pero yo no pensaba, y solo quería acostarme, aunque fuera a pleno sol.

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Le hice caso y seguimos pedaleando a ritmo más lento, pero sin parar. En ese momento pensaba en que nuestra familia y amigos nos estaban siguiendo por el tracker y nos estaban mandando mucha fuerza. Trataba de mantenerme con eso…y así, entre esas energías y el apoyo incondicional de Eugenio, alcanzamos la meta en 7.51 minutos. Estábamos muy felices, sabíamos que habíamos superado una dura prueba, aún cuando habíamos retrocedido en la general, llegando en el lugar 28 de la categoría y bajando en la general al lugar 25 de los 64 equipos mixtos.

A pesar de no haber comido prácticamente nada durante el último día, a los pocos minutos de llegar fui directo al baño y empecé a vomitar sin parar. No sé que boté, pero cuando salí del baño era otra, me sentía completamente bien, resucitada, llena de energías, con ganas de comer. Eugenio me miraba con una cara de preocupación total. Me duché y empecé a tomar agua y comer como si nunca hubiese comido. Nunca voy a olvidar los dos shawarmas del carrito de comida que nos devoramos. Sabía que me había mejorado.

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You will hurt, you will cry, you will live

Dormimos excelente y nos levantamos muy contentos en la mañana. Las sensaciones eran otras. Ya llevábamos 23 horas de carrera, pero al fin nos sentíamos bien, mucho más enteros que los días anteriores. La etapa se iba a realizar en Wellington, lugar que habíamos conocido en la carrera el año anterior, y que nos había encantado, por sus senderos perfectos y sus increíbles viñas.

La etapa era de 75 kilómetros y 1850 metros de desnivel, y el clima prometía ser mejor. Partimos felices, y llegamos felices a la meta. Una etapa casi de puros senderos hechos a mano, por bosques y viñas, con subidas y bajadas técnicas. Increíble. Este día nos demoramos 5:03 hrs. y comenzamos a bajar puestos en la clasificación general y en la categoría mixtos.

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El sexto día de competencia prometía ser duro. La etapa estaba catalogada como la Queen Stage, en ella recorreríamos 93 kilómetros y subiríamos 2500 metros. Despertamos bien y con ganas de superar esta etapa. En general fue más rápida de lo que pensamos, con mucha escalada, pero por trayectos rápidos y muy pedaleables, para terminar con unas subidas y bajadas muy difíciles que nos dejaban en un falso plano en subida de 13 kilómetros, que se hizo muy  largo y pesado luego de seis horas de carrera. Nos demoramos  6:29hrs y llegamos en el lugar 21 de la categoría, con lo que empezamos a avanzar puestos en la general.

Ya habíamos terminado la etapa reina y nos quedaban sólo dos días de carrera. Habíamos partido muy mal, con problemas físicos y de salud, pero estábamos logrando el objetivo. Sabíamos que la Cape no perdona nada hasta el final, pero los dos seguíamos en carrera y estábamos disfrutando de las etapas, aunque fueran largas, duras y siempre con sorpresas que te descolocan.

Nos levantamos muy animados para el séptimo día de carrera, habíamos escuchado que recorreríamos senderos espectaculares y paisajes increíbles durante toda la etapa. Casi puro single track, y del mejor. Eso nos tenía muy motivados, de verdad estábamos gozando, tanto así, que luego de terminar en 5:16 hrs. los 74 kilómetros y 2100 metros de escalada, y luego de casi 40 horas de pedaleo en los últimos 7 días, Eugenio me dice “Este ha sido el mejor día de pedaleo de mi vida”. Los dos nos emocionamos mucho. Sabíamos que la aventura, que nos había dado todo tipo de emociones, ya se empezaba a acabar, y algo de nostalgia anticipada ya estábamos sintiendo. Ese día, llegamos 20 en la categoría y quedamos 21 en la clasificación general.

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¡Gracias!

El último día de competencia llegó más rápido de lo que pensamos. De pronto estábamos en el octavo día de carrera y en la última etapa. Antes de largar yo ya lloraba. Eran muchas las emociones. Nos había costado mucho, habíamos sufrido demasiado, pensamos en retirarnos y luego comenzamos a disfrutar, a gozar como niños. En nuestras mentes la palabra que teníamos antes de partir era gracias. Gracias a Eugenio por empujar en los momentos más duros, gracias a la Paci por seguir a pesar del dolor, gracias a toda la gente que nos apoyó, gracias por la oportunidad que teníamos de vivir esto juntos. Era demasiado, y aún nos quedaban 86 kilómetros y 1600 metros de desnivel.

Fue una etapa muy linda, comenzamos compartiendo con nuestros clásicos compañeros de ruta Daniel Cullari (quien nos dio el cupo para venir) y su partner, y Josep y Josep, una dupla de Cataluña formada por un padre y su hijo. A todos ellos ya los conocíamos del año anterior y fue mágico volver a toparnos etapa tras etapa y compartir experiencias, emociones y la felicidad que significa terminar esta carrera con tu dupla, cosa que no todos pueden lograr, ya que las lesiones, el cansancio, problemas mecánicos y mil otras variables pueden impedirlo.

La etapa final era rápida, casi toda la ruta era por camino ancho, pero nos tocó un viento muy fuerte, lo que nos obligó a pedalear y pedalear sin tregua durante trayectos muy largos de estos 86 kilómetros. Hubiese sido ideal ir en un pelotón, pero quedamos solos y Eugenio tiró casi todo el camino, salvo unos 20 segundos en que me ofrecí a ir adelante.

Íbamos tranquilos, sabíamos que era el último esfuerzo y sabíamos que si nos cuidábamos, pronto llegaríamos a Merendall, lugar donde esta épica carrera terminaba. Al final tuvimos que escalar un buen rato, pero la mente ya estaba en otra parte. Íbamos prácticamente desdoblados. Los pensamientos estaban puestos en la línea final, y las piernas iban pedaleando por inercia.

Empezamos a escuchar que nos quedaba la última escalada, había mucho público, gente animando y aplaudiendo. El segundo llanto del día estaba ahí. Empezó la bajada, un bike park muy rico y bien hecho, puentes, más gente…aplausos, la meta.  4.55 horas, lugar 18 de la categoría, posición 20 en la clasificación general luego de los 8 días de carrera. No podíamos creerlo.

Eugenio y yo llegamos juntos a la meta el octavo día. Nuevamente de la mano. Juntos lo habíamos logrado. Nos abrazamos un largo rato, lloramos, disfrutamos del momento y dimos las gracias.

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Les dejamos este articulo que salio en el diario La Tercera donde hablan de esta super pareja y tambien este video que hizo Eugenio.

 

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